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LA DESNUTRICIÓN Y EL APRENDIZAJE DEL NIÑO
Por: Dr.Jorge Eduardo Gonzalez Ocampo
Médico Psiquiatra – Psicoanalista
LA DESNUTRICIÓN Y EL APRENDIZAJE
DEL NIÑO
El cerebro, para desarrollar eficientemente sus funciones
(entre otras, pensamiento, inteligencia, sensaciones, memoria,
imaginación y aprendizaje), necesita básicamente
dos moléculas: oxígeno y glucosa.
Esta última constituye el más
abundante -y fisiológicamente más importante-
de los monosacáridos o azúcares simples (hidratos
de carbono), siendo la única fuente de energía
en el sistema nervioso. Sólo en condiciones de ayuno
prolongado, el cerebro desarrolla la capacidad para utilizar
además cuerpos cetónicos, que son compuestos
alternativos emergentes de un metabolismo inusual de las
grasas.
En cuanto a su evolución, el cerebro
presenta una marcada aceleración de su crecimiento
en el último trimestre del embarazo y hasta casi
los 2 años de edad, por lo que es imprescindible
otorgarle una correcta nutrición que le permita al
niño desplegar su máximo potencial tanto en
términos de estructura (crecimiento), como de función
(desarrollo). Podemos reflexionar entonces que un individuo
puede alcanzar un nivel óptimo de su talento natural
sólo si acompaña su crecimiento y su aprendizaje
con una alimentación correcta y eficiente.
Contrario a la situación anteriormente
planteada, y en la que además habitualmente está
presente la desnutrición, pueden observarse rasgos
como: atención disminuída, escaso rendimiento
escolar, apatía, irritabilidad, atraso en la adquisición
del lenguaje, mayor torpeza y timidez. Estas observaciones,
sumadas al atraso curricular y al retardo en la maduración
psicofísica, son síntomas que en los niños
pueden sugerir carencias de principios nutritivos, vitaminas,
minerales y/u oligoelementos.
Un ejemplo concreto es la insuficiencia
de hierro en el cerebro, que determina fallas en la capacidad
intelectual, con características definitivas, ya
que este mineral puede solamente ingresar al cerebro mientras
está en proceso de formación, causando daños
irreparables en sus estructuras cognoscitivas.
Un segundo mineral para destacar es el Iodo, el cual resulta
indispensable para la elaboración de las hormonas
tiroideas. Éstas constituyen un elemento esencial
para el desarrollo normal de las personas, provocando su
deficiencia la disminución del coeficiente intelectual.
La carencia de un tercer mineral, el Zinc,
puede aparejar entre otros síntomas la alteración
de la conducta, manifestada mayoritariamente como apatía.
La carencia de Tiamina (una vitamina del
grupo B) tiene entre sus síntomas confusión,
apatía, desorientación, pérdida de
atención y concentración.
Un punto fundamental a lo largo de los procesos
de desarrollo y de aprendizaje, y al margen del ámbito
nutricional, es el aspecto emocional de los niños.
Desde que el niño nace requiere ser atendido, tanto
en sus necesidades fisiológicas (alimentación,
higiene, salud física) como afectivas (protección,
cariño, atención). En este sentido, cada niño
adopta una manera propia de comunicar a los padres y a los
que lo rodean sus estados de ánimo y necesidades
(sed, hambre, dolor, calor). Por ende es fundamental cómo
los adultos decodifiquen estos mensajes, y los traduzcan
en acciones tendientes a crear un espacio de aprendizaje
ameno y constructivo para ese nuevo ser.
La alimentación adecuada, armónica,
completa y suficiente constituye un factor condicionante
y enmarcatorio en este proceso de contínuo cambio
y adaptación que ocurre en cada uno de nosotros,
cuya desatención puede provocar no sólo dificultades
en lo biológico, sino también en lo social
y en lo económico.
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